Ego yo yo mío mío

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Pongamos por caso que alguien muere. Todo el mundo se empeña en olvidarlo, pero borrar su página de Facebook es imposible... Este hecho tan sencillo –en la Unión Soviética pasaba lo contrario– marca el nuevo carácter de nuestra civilización. No me quiero poner trascendental, pero la exposición 'Ego yo yo mío mío', comisariada por el crítico de arte y artista Juan Bufill en la galería Marlborough, va de esto, de la identidad.

La obra de 18 artistas –de los cuales sólo cuatro 'poulains'– llena un pequeño piso del Eixample. No hablaré de disciplinas, ni de estilos, ni de generaciones, ya que hay de todo. Sólo diré que lo que en apariencia podría parecer el camarote de los hermanos Marx vibra en complicidad. Y tiene mérito, porque el dibujante de cómic Guillem Cifré no pierde la calma al lado de un Gordillo más ácido que nunca. Ni otro dibujante de mérito, Sergio Mora, tiene nada que temer de unos estantes con cuatro cabezas de madera, o de las veinte tabletas que componen la serie 'Little Ego', de Del Val...

Bufill pretende encontrar una conexión pop-surrealista en la obra de los artistas, e intenta desmarcarse del academicismo que amara nuestros museos y salas de arte de instalaciones reivindicativas o puramente metalingüísticas. No importa, todos somos hijos de Duchamp, Bourgeois, Dalí... pero también de Mark Zuckerberg y Justus von Liebig, inventor del espejo moderno.

Más allá del NIF, el “me gusta”, orientaciones diversas o incluso la carta astral, hay algo inestable, como nuestra firma. Algo automático e intencionado. Somos parte inseparable de nuestro hogar, como reivindican las fotografías de Paula Ospina; habitamos una piel llena de costumbres y convenciones, lo demuestran con ironía los collages de Sara Huete; y somos un bucle infinito, de acuerdo con las costuras de Fina Oliver. Y aunque la conciencia femenina ha sido uno de los grandes dolores de cabeza de la segunda mitad del siglo XX, el hombre sigue sirviendo para generalizar la especie. Un rostro inflado al límite, de Sergio Mora, contiene tras la superficie inquietudes paralelas a la obra de Kitaj 'The gentle conductor'.

La escultura ocupa una parte significativa de la exposición. Un Narcís de Francisco Leiro, un abrazo referencial de Lusesita, o dos brillantes piezas de Samuel Salcedo. Pero la obra que mejor se adapta al título es 'Onanista enlatado', un bajo relieve en madera de Nico Nubiola. Ni Narcís lo superaría…

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