Etgar Keret: Una oda al pastrami

Esto no es una reflexión gastronómica, sino el resultado de una conversación con el escritor israelí más popular del momento. 'De repente llaman a la puerta' es su último libro de relatos

Sí, he dicho pastrami. Para los que limiten su dieta a la butifarra blanca, me refiero a ese tipo de roast beef rumano rebozado con pimienta y movidas aromáticas que sólo se considera auténtico cuando las láminas parecen cortadas a mordiscos por un pastor alemán. Y sí, soy consciente de que empezar una digresión literaria uniendo Horacio con la cocina kosher tiene sus riesgos: puedo ser acusado de plagiar algún ágil orador de Hyde Park o, en el mejor de los casos, al heredero de una familia de judíos ortodoxos de Brooklyn que se esté psicoanalizado porque ha perdido la fe. Pero tiraré hacia otro lado.

A finales de noviembre, el New Yorker publicó un relato de Etgar Keret que se titulaba así, pastrami, y no tenía nada que ver con la gastronomía de los países del Este. Bocadillo de pastrami es un juego que Keret y su mujer se inventaron para distraer a su hijo de siete años un día que las alarmas antiaéreas los sorprendieron conduciendo por las afueras de Tel Aviv. "El protocolo dice que si oímos el aviso debemos tumbarnos en el suelo-me cuenta-. Nosotros decidimos colocarnos en posición sándwich, los unos sobre los otros ". La cosa fue más o menos así: los dos adultos hicieron de rebanadas de pan-el de centeno es el más usual, pero se tolera el uso de otros cereales-para que el pequeño creyera que era un trozo de ternera rojiza protegida por dos masas de hidratos. Y lograron su propósito: que las sirenas no le asustaran.

Decir mentiras es su especialidad. "Mis padres son supervivientes del Holocausto-dispara con un equilibrio tragicómico muy medido-. Cuando me di cuenta de que tenía que hacer todo lo posible para evitarles más dolor desarrollé un gran talento para inventar historias, engaños, anécdotas que no habían pasado, cualquier cosa con tal de no hacerles sufrir".

Hoy por hoy es el escritor israelí que más ejemplares vende en todo el mundo. "Sólo tengo un mérito, el de haber creado un mundo de fantasía, mi pequeño universo, donde todo el mundo es bienvenido". Buen ejemplo de ello es De repente llaman a la puerta, su último libro de relatos. Hay máquinas expendedoras de bolas de chicles, aeromodelos y perros que comen Dog Chow. E incluso un pez anaranjado, de los que en inglés se llaman goldfish, salido de un cuento de Pushkin. "Siempre le leo algo a mi hijo antes de ir a dormir", se excusa. A muchos de los de su gremio les encanta decir que escribir es una necesidad fisiológica tan esencial como sentarse en el inodoro. Para Keret es una medida de protección. "Mi ficción es un territorio infranqueable donde nadie más que yo tiene voz ni voto", dispara como quien sale de casa con el rifle para recordar a los desconocidos qué significa el cartel de "Propiedad privada" de la entrada. No debe ser la primera vez que asusta a un intruso.

En uno de sus anteriores libros de narraciones, El conductor de autobús que quería ser
Dios
, había un relato un tanto siniestro sobre la amistad entre un niño y una de esas huchas con forma de cerdo. Extraordinario, humor negro y del fino. Incluso se hizo un
cortometraje que se encuentra en YouTube. El caso es que el Ministerio de Educación
israelí consideró la opción de incluirlo como lectura obligatoria para alumnos de
secundaria. Con la condición, claro, que Keret cambiara la imagen porcina por la de una vaca o un cordero.

Huelga decir que no cedió a los designios de las autoridades. "Ya acato bastante órdenes en la vida real-resopla-. Tengo mujer y madre, ¿sabes? "Creo que exagera. Su aspecto de simpático desganado me indica que no es un calzonazos como quiere pretender. Tan pronto como nos hemos encontrado me ha dicho que en este artículo puedo escribir lo que me dé la gana. "Eres libre", han sido sus palabras textuales. Sospecho que no le habría parecido mal que convirtiera la página en una recopilación de recetas. Me ha explicado que hace un par de años lo enviaron a Roma a entrevistar Benjamín Netanyahu, el primer ministro de Israel. "La noche antes estaba acojonado, pero una vez estuve allí pensé que, qué diablos, no éramos paso amigos, y lo peor que podía pasar era que tras el encuentro no lo llegáramos a ser nunca". No sé si la situación es exactamente igual. Pero me ha dejado claro que no se deja dominar por nadie.

Es un desvergonzado. Y, como todos los que no fruncen la nariz, se apuntaría a un
bombardeo. Atención al proceso que siguió para que el jurado de Cannes le concediera la Cámara de Oro en 2007. "Shira, mi mujer, había transformado uno de sus cuentos en un guión-arranca-. Como yo tenía medio pie en la industria contacté con un par de colegas directores por si les interesaba el proyecto. Me contestaron que aquello no sería nunca una película, que, en todo caso, lo podríamos vender como un poema de 82 páginas ". El ultraje le hizo echar humo las muelas. Asnos todos! Aunque enseguida le puso remedio. Él mismo se encargaría de coger el megáfono. "Mi mujer ya me dijo: Etgar, qué sabes tú de dirigir?", Hoy se ríe de esto. Salen barcos pirata de juguete, suicidios e incluso una niña que viene del mar. Se llama Jellyfish, y es una delicia.

Se nos acaba el agua mineral, y como tenemos la boca seca nos ponemos serios. "Todos los que somos descendientes de la cultura judía estamos perjudicados-afirma-. En Israel, en los años 80, los cineastas hacían películas horribles sobre el drama del pasado y el vacío del presente. Yo soy uno de ellos, pero en vez de retratar la realidad social he decidido mirar adentro". Dice que el suyo es un territorio donde la inocencia y la crueldad juegan a partes iguales, donde hay infidelidades, traiciones y niños con deseos descontrolados. "Lo mejor de leer Kafka es que siempre te das cuenta que existió un señor que estaba mucho más ido que tú", es la reflexión que se lleva la palma.

Un par de años atrás, haciendo tiempo en una tienda de cómics del sur de Francia, encontré una novela gráfica ilustrada por Rutu Modan. El texto era de Keret. Se llamaba Nobody said it was going to be fun, y en la cubierta salía un tío vestido con patas de rana y gafas de buceo. No lo llegué a comprar, y sufrí los remordimientos. Fue el cebo que me llevó a adentrarme en su literatura. Sí, soy de los que han aceptado la invitación a este mundo surreal donde todo es éxtasis y trampa, donde vale vivir como en un sueño. "Yo sueño mucho -espeta-. Es un buen ejercicio para alejarse de las fatídicas imposiciones de la vida". Beatus ille.

DE REPENTE LLAMAN A LA PUERTA. Etgar Keret.
Siruela. 208 págs.

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