Casa Palanti, conocida como la Casa Redonda, abrió sus puertas por primera vez como restaurante en una de las esquinas más singulares de Barrio Parque. Diseñada en 1922 por el arquitecto milanés Mario Palanti, también autor del Palacio Barolo, la residencia fue restaurada de punta a punta antes de recibir comensales y ya cuenta con una recomendación de la Guía Michelin.
El restaurante Casa Palanti combina patrimonio y gastronomía. Eme Carranza Studio recuperó mármoles, maderas, vitrales y herrerías originales, y en la cocina está Juan Ventureyra, chef con una Estrella Michelin en 2025 y una Estrella Verde Michelin en 2024 por Riccitelli Bistró, en Mendoza. Su propuesta apuesta por el producto, la estacionalidad y la técnica, con platos pensados para compartir. Fuimos a probarla y te contamos cómo es la experiencia.
En una de las esquinas más singulares de Barrio Parque, la Casa Palanti, conocida como la Casa Redonda, funciona por primera vez como restaurante. Diseñada en 1922 por el arquitecto milanés Mario Palanti, también responsable del Palacio Barolo, la residencia fue restaurada de punta a punta antes de abrir sus puertas al público. El proyecto ya recibió una recomendación de la Guía Michelin.
La restauración estuvo a cargo de Eme Carranza Studio, que recuperó materiales originales como mármoles, maderas, vitrales y herrerías, y sumó piezas de mobiliario e iluminación diseñadas especialmente para el espacio. La propuesta gastronómica está en manos de Juan Ventureyra, chef reconocido con una Estrella Michelin en 2025 y una Estrella Verde Michelin en 2024 por Riccitelli Bistró, en Mendoza. Su cocina combina producto, estacionalidad y técnica, con una carta que trabaja con vegetales orgánicos, pesca de anzuelo, carnes con trazabilidad y materias primas premium en preparaciones pensadas para compartir.
Para empezar, pedimos el tartar de lomo y las mollejas con caviar. El tartar tiene una textura suave y un sabor intenso, mientras que las mollejas suman una combinación más untuosa, con el caviar aportando un toque salino que realza el plato. Son dos entradas diferentes entre sí, pero que funcionan muy bien para empezar a probar la propuesta de Ventureyra.
Entre los principales, elegimos la ceja de ojo de bife, acompañada por una selección de vegetales de estación. La carne es el centro del plato, mientras que los alcauciles y la berenjena aportan variedad a la mesa y acompañan sin quedar relegados al lugar de simple guarnición. La combinación permite probar distintos productos y texturas en una misma comida, manteniendo una cocina que prioriza el ingrediente por sobre preparaciones demasiado cargadas.
También probamos la pesca blanca con beurre blanc, una opción más suave que se apoya en una salsa cremosa y delicada para acompañar el pescado sin tapar su sabor. El plato suma otro perfil a la comida y funciona como contraste frente a la intensidad de la carne y las mollejas.
Para cerrar, llegó la parte más golosa con la torta de chocolate y los helados, entre ellos el helado de chocolate. El final mantiene la misma lógica del resto de la comida: preparaciones cuidadas, buen producto y sabores reconocibles. La experiencia funciona especialmente bien para compartir varios platos y tomarse el tiempo de recorrer la carta, en un espacio donde la cocina y la arquitectura terminan formando parte de la misma experiencia.

