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Museo Moderno | Moderno y MetaModerno son la puerta de entrada a una colección de más de 300 obras.
Museo Moderno

Día del Arte: 4 museos en Buenos Aires que hay que visitar al menos una vez

Salas que van de lo inmersivo a lo surreal invitan a celebrar el Día del Arte y descubrir nuevas formas de mirar.

Mariela Ivanier
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Buenos Aires en otoño tiene ese “no sé qué”, y este año trae una agenda de museos para aprovecharlo a fondo. Con el Día del Arte y varios aniversarios de por medio, salas como las del Moderno, el Bellas Artes, el MALBA y el MACBA se renovaron con propuestas que te sacan de la rutina. Podés celebrar el cumpleaños 70 del Moderno con su ambicioso programa Habitando el futuro, sentirte bajo el agua en la Antártida con su experiencia inmersiva Océano interior, o pasar por el café a ver la intervención de Ana Gallardo, que es una invitación a quedarse charlando.

Lo mejor de este circuito es que hay para todos los gustos: desde la fascinación por las momias y mitos de Egipto en el Bellas Artes (¡ojo que termina el 19 de abril!) hasta el misticismo textil de Olga de Amaral en el MALBA o el surrealismo disidente de la exposición Continente oscuro en el MACBA. No es un plan para ir a las corridas, sino para caminar la ciudad, entrar con tiempo y dejar que alguna obra nos vuele un poco la cabeza. Porque, al final, se trata de eso: encontrar nuevas formas de mirar lo que nos rodea mientras bajamos un cambio.

1. Museo de Arte Moderno de Buenos Aires: un aniversario que mira al futuro

En su 70° aniversario, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires se convierte en uno de los grandes protagonistas del Día del Arte. La excusa es perfecta: a partir de hoy 15 de abril despliega Habitando el futuro, un ambicioso programa anual que cruza arte, naturaleza, tecnología y formas de vida contemporáneas.

Más que una muestra puntual, es un recorrido en capas. Desde el 18 de abril —fecha central de la celebración— y a lo largo de 2026, el museo activa más de diez exposiciones que dialogan entre sí y convierten la visita en una vivencia abierta, ideal para dejarse llevar.

Entre los imperdibles aparece Océano interior, una experiencia inmersiva que propone sumergirse en paisajes submarinos y ecosistemas inspirados en la Antártida. No es solo una muestra para ver: es un recorrido sensorial que pone en juego preguntas sobre la crisis climática y nuestra relación con el entorno.

En esa misma línea, Naturaleza arquitecta invita a cambiar la perspectiva: acá los ríos, los bosques y hasta los volcanes se leen como fuerzas creativas, con capacidad de diseñar y transformar el mundo. Y, en Bosques umbral, la tecnología —desde saberes ancestrales hasta inteligencia artificial— se vuelve una herramienta para imaginar otros futuros posibles.

Para quienes quieran entender la dimensión del museo, Moderno y MetaModerno funciona como puerta de entrada a su colección: más de 300 obras que recorren la historia del arte argentino moderno y contemporáneo, con el plus de expandirse en archivos digitales que se activan durante la visita mediante códigos QR.

Pero, más allá de las salas, hay dos propuestas que cambian por completo la experiencia. En la entrada, Ariel Cusnir interviene el espacio con un gran mural que transforma sus delicadas acuarelas en un paisaje envolvente. Plantas, ríos y pequeñas criaturas se expanden a escala monumental y generan una sensación de extrañeza: lo mínimo se vuelve inmenso.

Algo similar sucede —aunque desde otro registro— con la propuesta de Ana Gallardo. Su proyecto ocupa el café del museo y lo convierte en un espacio atravesado por la memoria afectiva. Más que una obra para observar, es una invitación a quedarse, conversar y repensar cómo nos vinculamos con los otros.

El dato: el programa también abre un espacio para la memoria: en colaboración con el Parque de la Memoria, el museo presentará una exposición que recupera el rol del arte frente a la violencia política, a 50 años del último Golpe de Estado.

Dónde: Av. San Juan 350, San Telmo.

2. Museo Nacional de Bellas Artes: un clásico que siempre tiene algo nuevo para mostrar

Hay museos que no necesitan presentación, como el Museo Nacional de Bellas Artes. Este año redobla la apuesta con una propuesta imperdible: una agenda de muestras temporarias que renueva la visita incluso para quienes ya lo recorrieron mil veces.

Entre lo más imperdible —sobre todo porque está en sus últimos días— aparece Ciencia y fantasía. Egiptología y egiptofilia en la Argentina, que puede visitarse solo hasta el 19 de abril. La exhibición sorprende por su escala —más de 180 piezas— y por su enfoque: no solo el Egipto antiguo, sino también la fascinación que despertó (y todavía despierta) en la cultura local. Ideal para dejarse llevar entre momias, mitos y curiosidades, con un aire entre académico y pop que la vuelve especialmente magnética.

En el primer piso, Historias del rostro marca la llegada del chileno Eugenio Dittborn con su primera exposición individual en la Argentina, que puede visitarse hasta el 31 de mayo. Referente del arte latinoamericano, su obra trabaja sobre identidades, archivos y desplazamientos en piezas que invitan a mirar de cerca y sostener la mirada un poco más de lo habitual.

Otra de las paradas que vale la pena es Lily Salvo. En el umbral del misterio, en exhibición hasta el 10 de mayo. La muestra reúne pinturas, dibujos y grabados que oscilan entre lo íntimo y lo enigmático, con una sensibilidad que parece desplazarse entre continentes y épocas.

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Y, desde el 16 de abril, Itinerarios entre la Argentina y España (1880-1930) propone otro tipo de viaje: el de los artistas argentinos que cruzaron el océano en busca de formación e inspiración. Con una mezcla de obras y materiales —de pinturas a cartas—, reconstruye ese ida y vuelta cultural que dejó huella en el arte local.

El dato: el recorrido puede (y debería) completarse con la colección permanente: de Francisco de Goya a Pablo Picasso, pasando por Benito Quinquela Martín, León Ferrari y Emilio Pettoruti, entre muchos otros.

Dónde: Av. del Libertador 1473, Recoleta.

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3. MALBA: un museo al que siempre se vuelve (y nunca es igual)

Hay museos que se visitan y otros a los que siempre se regresa. El MALBA está en esa segunda categoría. A 25 años de su apertura, sigue logrando algo raro: ser un clásico sin volverse predecible.

Las exhibiciones temporarias hacen lo suyo. La retrospectiva de la artista colombiana Olga de Amaral (hasta el 11 de mayo) se recorre con el cuerpo y con todos los sentidos: tramas densas, materiales que brillan o absorben la luz, piezas que dejan de ser textiles para convertirse en algo más cercano a una arquitectura blanda.

En paralelo, Fernanda Laguna despliega Mi corazón es un imán (con salas abiertas hasta fines de mayo y junio), una muestra expansiva y completamente despojada de solemnidad. Su propuesta —caótica en el mejor sentido— mezcla pinturas, textos, objetos y archivo personal en un recorrido que se siente más cercano al pulso de una vida que a una obra cerrada.

El plan ideal no es correr, sino dejarse llevar: subir, bajar, volver sobre una sala, hacer una pausa. El MALBA invita a ese ritmo, con una visita sin apuro que siempre da lugar a redescubrir por qué vale la pena volver.

El dato: la colección del MALBA es una de las más potentes del arte latinoamericano moderno y contemporáneo. En sus salas conviven nombres fundamentales y obras que —incluso si ya viste mil veces en fotos— funcionan distinto en persona.

Dónde: Av. Figueroa Alcorta 3415, Palermo.

4. MACBA: Surrealismo, cuerpo y disidencia en clave contemporánea

En el corazón de la ciudad, el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires arranca su programación del año con una muestra que no pasa desapercibida: Continente oscuro. Y si hay una buena excusa para dejarse atravesar por el arte en el marco del Día Mundial del Arte, es esta.

La exposición reúne más de 85 obras —pinturas, esculturas, fotografías, collages, dibujos, grabados, videos, cerámicas y objetos intervenidos— a lo largo de cuatro pisos y propone una mirada potente del surrealismo en clave local. Pero no esperes un repaso académico: acá el foco está puesto en cómo artistas mujeres, feminidades y disidencias en la Argentina reescriben ese lenguaje para hablar del deseo, el cuerpo, el poder, lo colectivo y la resistencia.

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Lejos de una cronología, el recorrido es un viaje sensorial. Hay paisajes mentales, escenas domésticas que se vuelven inquietantes, cuerpos fragmentados, mitologías propias y una incomodidad que se siente en el aire. Las distintas secciones funcionan como estaciones: de lo acuático y lo inconsciente a lo cotidiano atravesado por lo extraño, pasando por el erotismo, la violencia colectiva y una fuerte crítica antifascista.

Ideal para quienes buscan una experiencia intensa y fuera de lo obvio, Continente oscuro confirma que el arte —cuando incomoda e interpela— también puede ser una forma de mirar el presente con otros ojos.

El dato: el título de la exposición retoma una idea de Freud, pero la da vuelta: lo que alguna vez fue pensado como “oscuro” acá se ilumina desde otros lugares.

Dónde: Av. San Juan 328, San Telmo.

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