Entrar a Horta es un poco como descubrir un secreto. Desde la calle, el restaurante pasa casi inadvertido, pero apenas cruzás la puerta aparece un PH cálido, con mesas de madera, plantas, buena música y una cocina abierta que le da movimiento al salón con un patio precioso al fondo en el que se ubica una gran mesa comunitaria rodeada de verde. Pero si hay algo que hace que uno quiera volver, está en la cocina: una propuesta de temporada, con sabores definidos, combinaciones originales y una ejecución impecable. Fuimos a probarlo y salimos pensando en varias de las preparaciones que comimos, especialmente en los cigarros de ciervo, las carrilleras y esos tortellini con mousse de parmesano que son realmente memorables.
Horta abrió en Villa Crespo en agosto de 2024 de la mano de Clara Chavarría y Lucas Díaz, pareja y socios. Siete meses después de su apertura llegó uno de esos reconocimientos que pueden cambiar la historia de un restaurante: entró entre los Recomendados de la Guía Michelin 2025, una distinción que volvió a recibir en 2026.
La cocina se mueve alrededor de la estacionalidad, los pequeños productores y una elaboración completamente artesanal: panes, pastas, helados y buena parte de lo que llega a la mesa se hace en el propio restaurante. Pero si algo queda claro después de conocerlo es que la propuesta no parece construida alrededor del reconocimiento, sino a través de una manera bastante concreta de entender la cocina.
La panera ya es una buena señal
Antes de empezar con los platos aparece una pequeña sopa de bienvenida y después llega la panera. Y acá tengo que detenerme: el pan brioche con manteca cítrica es exquisito. Es de esos acompañamientos que podrían pasar desapercibidos en otro restaurante y que acá terminan siendo parte de la experiencia.
La carta que probamos también deja bastante clara la filosofía de Horta: hay cigarros de ciervo con escabeche de remolacha y mayonesa de echalote; selección de hongos con batata, limón lactofermentado y togarashi; mollejas con gremolata y pan naan, además de otras entradas que cambian con la disponibilidad de los productos.
Nosotros empezamos justamente con los cigarros de ciervo. Uno de esos platos que pedís con curiosidad y termina siendo uno de los recuerdos más fuertes de la comida: sabrosos, bien especiados y con el contraste del escabeche de remolacha y la mayonesa de echalote.
También pedimos los hongos, que llegan con batata, gel de limón lactofermentado y togarashi. Una combinación que juega con sabores terrosos, ácidos y picantes sin perder de vista al ingrediente principal.
Dos principales para volver
Entre los principales hay pesca del día, lomo, orzo con cabutia y alcauciles, pero nosotros fuimos por los platos que teníamos muchas ganas de probar: las carrilleras y los tortellini.
Las carrilleras llegan braseadas, con puré de papa ahumada, demi-glace y vegetales de estación. La carne está tan tierna que, literalmente, se corta con cuchara. Es un plato profundo, de esos que piden comer despacio y aprovechar hasta la última cucharada.
Los tortellini fueron otro favorito. Están rellenos por una mousse de parmesano con manteca, salvia y nueces; también se pueden pedir con trufa negra. La mousse de parmesano es particularmente buena: cremosa, intensa y con suficiente presencia como para convertir un plato aparentemente sencillo en uno de los más memorables de la comida.
Para cerrar, la carta ofrece una ganache de chocolate al 70 % con helado de banana asada y crumble, un sorbet de pistachos con garrapiñadas y crumble de dátiles y almendras, y una crème brûlée de cardamomo con helado de café.
Un restaurante que se siente como una casa
La experiencia de Horta no sólo está en la comida sino también en el ambiente. La primera sorpresa aparece apenas cruzás la puerta: desde afuera no parece un restaurante especialmente llamativo, pero el interior tiene una personalidad completamente distinta. El espacio funciona dentro de un PH y combina ladrillos expuestos, madera, microcemento, plantas, objetos y una iluminación cálida.
La cocina está completamente a la vista y ocupa buena parte del ambiente. No está diseñada para esconderse: se puede ver el movimiento del equipo mientras prepara los platos, panes y pastas.
Al fondo aparece nuestra parte favorita: un patio a cielo abierto lleno de plantas y una enorme mesa comunitaria circular, rodeada de vegetación. Tiene un aire muy relajado y, cuando acompaña el clima es un lugar especialmente lindo para sentarse a comer. También hay una pequeña huerta con hierbas, flores y vegetales que utilizan en la cocina.
Horta significa “huerta” en portugués, un nombre que cobra especial sentido cuando se conoce el lugar y, sobre todo, se descubre el origen de su historia.
De lo corporativo a abrir su propio restaurante
Clara y Lucas se conocieron trabajando en el mundo de la tecnología, bastante lejos de lo que hoy hacen en Horta. Los dos tenían experiencia en ámbitos corporativos, pero también una relación previa con la gastronomía.
En 2021 se mudaron al Algarve, en Portugal, donde Lucas pasó por distintos restaurantes y Clara comenzó a profundizar su vínculo con el servicio y, especialmente, con el vino. Esa experiencia terminó siendo decisiva para que, al volver a Argentina, decidieran abrir su propio restaurante.
Horta nació así, inspirado en parte por ese recorrido portugués, pero también por sus historias familiares y por una búsqueda propia. Todo lo que llega a la mesa se prepara puertas adentro, desde los panes y las pastas hasta los helados y sorbetes. La carta cambia de acuerdo con lo que encuentran en cada momento del año y trabaja con pequeños productores de vegetales, huevos, quesos, carnes y otros ingredientes.
Clara y una carta de vinos que vale la pena escuchar
Otro de los puntos que más disfrutamos fue la atención. Clara está al frente de la sala y de la selección de vinos, y se nota que no se trata simplemente de tener una carta extensa: conoce las etiquetas y escucha qué tiene ganas de tomar cada comensal.
Nos asesoró para elegir los vinos que mejor acompañaban nuestros platos y la selección sigue una línea bastante definida: pequeños productores y bodegas con una mirada orgánica, biodinámica o de baja intervención. La propuesta cambia con frecuencia y hay varias opciones por copa.
Un lugar al que dan ganas de volver
Horta nos gustó por muchas razones, pero sobre todo porque la experiencia se siente coherente de principio a fin. Desde el pan brioche hasta los vinos, desde la cocina abierta hasta la mesa del patio, todo parece formar parte de la misma idea. Y está esa combinación que siempre es difícil de conseguir: una cocina trabajada, pero sin solemnidad.
Los platos tienen técnica y producto detrás, pero el lugar sigue siendo cálido, íntimo y relajado. Después de probar los cigarros de ciervo, los hongos, las carrilleras y esos tortellini con mousse de parmesano, se entiende el reconocimiento, pero también por qué Horta genera ganas de volver más allá de cualquier distinción. Es de esos restaurantes que dan ganas de recomendar y al que uno quiere volver para probar lo que quedó pendiente.
HORTA
Aguirre 1080, Villa Crespo.
Martes a sábados de 20 a 00 h. Domingos de 12 a 15 h.
Con y sin reserva.
