Son las cinco de la tarde y Guillermo Freire -arquitecto, 34 años- llega a una cafetería de Palermo para una reunión de trabajo de último momento. Antes de sentarse pide un ristretto: corto, intenso, el tercer café del día. No lo pide con culpa ni en voz baja, sino como quien pide un café de verdad, en una mesa donde hace veinte años eso habría sonado como un desafío al insomnio. La escena, hoy habitual en cualquier bar de especialidad de Buenos Aires, marca un cambio silencioso: hay toda una generación que dejó de mirar el reloj antes de pedir un café.
Durante décadas, la regla fue clara y no se discutía. Después del mediodía, el café era territorio prohibido. La sobremesa del almuerzo todavía lo toleraba, pero a partir de ahí empezaba la lista de advertencias: "te va a quitar el sueño", "te va a poner nervioso", "mejor un té". Esa frontera horaria funcionaba más como un mandato impuesto que como una decisión propia. Tomar café bien entrada la tarde, o incluso de noche, era casi una transgresión.
Un hábito que se corrió de horario
Sin embargo, el de Guillermo no es un caso aislado. El café perdió su horario fijo y los números lo confirman: según el reporte Coffee Usage Profiler 2025 de Nestlé, el 38% de las tazas en Argentina se consumen después del almuerzo, un universo que abarca la tarde, la cena y hasta la sobremesa nocturna.
“El consumo de café en Argentina ya no se concentra únicamente en la mañana -explica Camila Carpanetti, Coffee Ambassador de Nespresso-. No solo porque somos un país con una fuerte cultura de merienda, sino porque los datos muestran un cambio claro en los hábitos”. Para la marca, ese crecimiento del consumo vespertino abre un terreno nuevo, sobre todo para dar a conocer variedades aromatizadas, cafés pensados para combinar con leche o para experimentar con distintas recetas.
Silvana Lorenzo es diseñadora de joyas, tiene 33 años y dos hijos. Durante años, confiesa, no tomó ninguna infusión -ni café, ni té, ni mate-, hasta que la ola del café de especialidad la convirtió. Hoy lo toma intenso, sin azúcar y a temperatura barista, y no oculta su militancia: “Los que vienen a mi casa ya tienen miedo de pedirme la azucarera [se ríe]. Un café rico se toma así, sin nada que lo tape”.
Detrás de la costumbre hay también una cuestión de paladar. “Cada vez más personas eligen no renunciar a la taza de la noche”, apunta Carpanetti. “Se explica tanto por el aumento de las ocasiones de consumo como por una mayor valoración del sabor. Hoy los consumidores pueden acceder a cafés con mejores atributos sensoriales, ligados a sus orígenes, sus métodos de procesamiento y sus variedades”. Esa búsqueda volvió más sofisticado al café de la noche, que aparece cada vez más en recetas de coctelería, en postres y en propuestas de maridaje.
El fenómeno se ve, sobre todo, en la mesa. En los restaurantes y hoteles donde Nespresso está presente, el café pasó a ser el último paso del menú, el cierre perfecto para quienes buscan una gran experiencia gastronómica. Dejó de ser una bebida funcional para convertirse en un ritual de disfrute a cualquier hora del día.
Descafeinado, pero con carácter
En ese mapa, el descafeinado de calidad empezó a ganar lugar. Todavía es una porción menor -según el mismo reporte, apenas el 4% del café que se consume en Argentina es descafeinado-, pero la tendencia crece. El decaf dejó de ser sinónimo de resignación para volverse un aliado de quienes quieren estirar el momento sin la estimulación de la cafeína, y además sin resignar calidad ni sabor. Nespresso, de hecho, le quita ese componente a sus best sellers cuidando que el método conserve las cualidades sensoriales de cada café.
En Argentina eso se traduce en tres opciones: el Volluto Decaffeinato, suave y ligero, para los que buscan dulzura; y dos cafés de más carácter para los amantes de los tuestes intensos, el Arpeggio Decaffeinato, con sus notas de cacao, y el Ristretto Italiano Decaffeinato, de tueste medio y oscuro. Tres maneras de tomar un buen espresso a las diez de la noche con la misma calidad que el de las nueve de la mañana.
No es una novedad. En Italia, donde el espresso de sobremesa es casi una liturgia, el caffè decaffeinato se pide después de la cena con la mayor naturalidad, tanto que ganó su propia jerga: lo llaman "dek". Ahí, nadie renuncia a la última taza solo por la hora que marca el reloj.
EL ADN como una de las respuestas
Para quienes sí eligen tomar esa taza con cafeína, la pregunta sigue abierta. ¿Por qué a algunos un café a la tarde los desvela y a otros no? Guillermo, sin ir más lejos, pertenece a una categoría afortunada. “Puedo tomar un café casi a la medianoche y duermo como un bebé”, dice. Y no es solo una impresión suya.
Hace un tiempo se hizo un test genético y descubrió que su perfil no mostraba predisposición a sentir más ansiedad con la cafeína. La intuición tenía, en su caso, respaldo en el ADN, ya que según explican los especialistas hay organismos que metabolizan la cafeína rápido y la eliminan sin que les afecte el sueño, mientras que otros la arrastran durante horas.
Los expertos en medicina del sueño aportan el matiz justo. “Con la genética podemos conocer el fenotipo de metabolización de la cafeína. Básicamente, si alguien es metabolizador rápido o lento, algo que está bien estudiado y es sólido", coinciden los especialistas. La genética, además, da pistas concretas sobre cuánto tiempo permanece activa la cafeína en el cuerpo y cuán sensible es cada persona a la dosis. Una guía valiosa, aunque no la única, porque en la calidad del descanso también influyen la cantidad, el horario y el sueño de base.
El fin de una regla
Quizás esa sea la verdadera novedad. La segunda taza dejó de ser una transgresión para volverse una elección informada. Hay quien la pide con cafeína, porque su cuerpo se lo permite, y hay quien la elige descafeinada para quedarse con lo que de verdad importa: el aroma, la pausa, el final redondo de la noche. El café de después de las cinco ya no le pide permiso al reloj.

