Quince años después de aquel estreno casi experimental en el under porteño, Un Poyo Rojo vuelve a Buenos Aires convertido en un clásico contemporáneo del teatro físico argentino. A partir del 6 de enero de 2026, la obra protagonizada por Luciano Rosso y Alfonso Barón regresa al Teatro Metropolitan con diez únicas funciones (entradas, acá). reafirmando por qué sigue funcionando en cualquier parte del mundo: una historia de amor contada desde el cuerpo, el humor y el riesgo constante del aquí y ahora. Sin texto, pero con una potencia física arrolladora, el espectáculo propone una experiencia tan lúdica como emocional, donde cada función es irrepetible y el vínculo con el público vuelve a ponerse en juego.
Un Poyo Rojo nació casi como un experimento y hoy cumple 15 años girando por el mundo. ¿Qué creen que tiene la obra que sigue funcionando con la misma fuerza que en aquel primer estreno off en Buenos Aires?
Luciano Rosso: Hay varios factores. La obra sigue fresca porque tiene momentos de improvisación que la renuevan todo el tiempo y eso genera una conexión muy directa con el público. Y de nuestra parte, a nivel interpretativo, siempre es un juego: volver a juntarnos a jugar, a asumir el riesgo y divertirnos. Como un partido de fútbol o de cartas un domingo. Siempre es una excusa para pasarla bien.
Alfonso Barón: Funciona porque cuenta una historia universal. ¿Quién no ha tenido una historia de amor alguna vez? Y cuando hablo de amor no me refiero solo a una pareja: puede ser una mascota, una idea, una meta. El teatro físico no te da todo servido, te invita a pensar y a completar desde tu propia experiencia. El lenguaje del cuerpo tiene infinitas lecturas. Es una historia simple, pero con recursos muy complejos. Y eso el público lo percibe: Un Poyo Rojo es un trabajo artesanal. No es solo un espectáculo, es una experiencia.
Un Poyo Rojo es un trabajo artesanal. No es solo un espectáculo, es una experiencia
La obra no tiene texto, pero dice muchísimo sobre el deseo, la competencia y los vínculos entre hombres. ¿Sienten que hoy el público lee cosas distintas que hace 10 o 15 años?
Luciano Rosso: En el fondo, la obra es una historia de amor. Y eso no cambia ni pasa de moda. Por más que el mundo y la sociedad se transforme, el amor es universal: no tiene barreras lingüísticas ni ideológicas que lo modifiquen.
Alfonso Barón: Siempre pienso en esos libros de Elige tu propia aventura. El relato es el mismo, pero cada lector toma un camino distinto. Acá pasa algo parecido: la obra no habla solo del deseo o la competencia entre dos hombres, sino de muchas capas que dependen de quién la mire y desde dónde. El público siempre leyó cosas distintas. Hasta hoy nos devuelven interpretaciones que jamás habíamos imaginado.
Después de más de mil funciones en 30 países, ¿hay algo que todavía los sorprenda de la reacción del público, incluso del porteño que “ya la vio”?
Luciano Rosso: El público reacciona a la novedad, y nuestra tarea es sorprendernos también nosotros. Funciona como un espejo: refleja lo que vivimos en escena. Además está el factor azaroso de la radio en vivo, eso impredecible que se cuela en cada función y mantiene la obra viva, anclada en el aquí y ahora.
Alfonso Barón: A mí me emociona que la gente agradezca ver algo que la distienda. La obra tiene humor, pero también un costado sensible que a veces quiebra. Algunos ríen, otros lloran, y muchos nos dicen que salen del teatro con ganas de bailar, de crear. Eso es un regalo enorme.
Algunos ríen, otros lloran, y muchos nos dicen que salen del teatro con ganas de bailar, de crear
Con una obra tan física y viva, ¿cómo imaginan el futuro de Un Poyo Rojo? ¿Puede seguir mutando con ustedes?
Luciano Rosso: Va a seguir cambiando porque nosotros cambiamos. No solo físicamente, también como intérpretes. La obra es una especie de escuela permanente donde volcamos nuestras inquietudes y aprendizajes. Tiene una estructura sólida, pero nos permite evolucionar como personas, y eso se ve en escena.
Alfonso Barón: Ya mutó y va a seguir mutando. Como nuestros cuerpos. Nosotros acompañamos a la obra y la obra nos acompaña a nosotros. Adaptarse es parte del juego.
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Volver al Teatro Metropolitan y a la calle Corrientes no es menor. ¿Qué significa reestrenar en Buenos Aires en verano, después de haber conquistado tantos escenarios del mundo?
Luciano Rosso: Siempre es un placer volver a Buenos Aires. Es volver al hogar. Aunque no vivamos acá hace años, subirnos a un escenario porteño tiene una mística especial. Y está ese orgullo del público argentino, que nos vio nacer y crecer y nos acompaña mientras llevamos esta criatura por el mundo.
Alfonso Barón: Para mí significa todo. No hay como volver a casa y compartir la obra donde nació, con el mejor público del mundo. La cultura argentina no se puede explicar: somos pasión. Eso se lleva al escenario. Por eso la obra sigue viva. Porque acá los abrazos son exagerados, ridículos, familieros… somos un escándalo, y eso se nota.
No hay como volver a casa y compartir la obra donde nació, con el mejor público del mundo
PING PONG PORTEÑO
Un lugar under de Buenos Aires donde se cruzan cuerpos, arte y noche
Luciano: En cada lugar under de Buenos Aires pasa eso.
Alfonso: Me mataste… Hace tanto que no vivo acá que no sabría decirte.
Un bar o bodegón ideal para después de función
Luciano: Algún bodegón de San Telmo o un bar de Villa Crespo.
Alfonso: Celta.
Un barrio que de noche se transforma
Luciano: Colegiales.
Alfonso: Chacarita.
Un plan nocturno simple que siempre funciona
Luciano: El Bar San Bernardo.
Alfonso: Bares.
Algo para comer bien tarde
Luciano: Pizza en El Imperio de Chacarita.
Alfonso: Parrilla 24 horas.
Si Un Poyo Rojo terminara en una salida porteña, ¿cómo seguiría la noche?
Luciano: Bailando cumbia en una fiesta de barrio.
Alfonso: En un teatro a puertas cerradas o en una casa con terraza, música, tragos y mucho chingui chingui.

