Casi ninguna verdad
Salir de esta función con la tentación de contarla es casi inevitable. Y, sin embargo, hacerlo sin destriparla se convierte en un pequeño ejercicio de contención, casi de ética, que una no siempre logra dominar. Me acordé, mientras bajaban las luces, de aquella frase de 'Grandes esperanzas': "No voy a contar la historia al pie de la letra, la contaré como yo la recuerdo…". Quizá sea la forma más honesta de acercarse a lo que aquí ocurre, porque asumir que lo que una ha visto no es exactamente lo que otro verá, ni siquiera lo que volverá a ver si repite.
La pieza se presenta, en apariencia, bajo una estructura reconocible: una conferencia sobre la mentira, un coloquio posterior en el que se analiza lo que acabamos de ver, y un concierto que vuelve a insistir, o a dinamitar, esa misma idea. Pero pronto se entiende que todo está levemente desplazado. No es exactamente una conferencia, ni un coloquio, ni un concierto. Es, si acaso, una especie de simulacro consciente de serlo, una pseudoconferencia, un pseudodebate, un pseudoconcierto que se permiten el lujo de no responder ante nadie más que ante su propio juego.
La pregunta aparece sin avisar: ¿quién tiene el control del relato?
Y ahí empieza lo interesante. Porque la obra no solo habla de la mentira, la practica, la exhibe, la desmonta… y la vuelve a montar delante de tus ojos sin pedir permiso. Hay un momento (no diré cuál, por puro respeto a quien aún no la haya visto) en el que una anécdota situada en octubre de 2006 parec