En algún momento, sin que nadie lo decretara, la mesada de la cocina entró en el universo del diseño. Máquinas de café compactas, tazas como piezas de colección, luz natural, foto antes de que el café se enfríe. No es una boutique. Es una casa con su propia coffee station.
La Generación Z tiene mucho que ver con eso. Para los nacidos entre 1997 y 2012, el café es un capricho consciente –lo que algunos llaman la “cultura de los pequeños placeres”– que se traduce en bebidas personalizadas, con espumas, colores y presentaciones pensadas tanto para el paladar como para la foto. Pero la obsesión va más allá de la taza: se extiende al espacio donde el café se prepara, a los objetos que lo rodean y a la máquina que lo hace posible.
Del electrodoméstico a la pieza de diseño
Desde que se registró la primera patente de máquina de espresso, en 1884, las cafeteras se centraron principalmente en la funcionalidad por encima del estilo. Eran aparatos voluminosos, pensados para la producción y la velocidad, no para el living ni para la foto. Las primeras máquinas de producción en serie, a principios del siglo XX, respondían al movimiento Art Nouveau de la época: verticales, ornamentadas, con una estética que era más consecuencia del momento cultural que una decisión de diseño deliberada. Con el tiempo, el acero inoxidable reemplazó al latón y las formas se fueron simplificando, pero el criterio seguía siendo el mismo: que funcione.
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Nespresso, que cumple 40 años en el mercado, es parte de la tendencia que cambió esa lógica al llevar el café de especialidad al hogar sin que el consumidor necesitara ser barista. Lo que antes requería técnica, equipamiento profesional y conocimiento, se condensó en una cápsula y una máquina compacta, que democratizó una experiencia que hasta entonces solo existía en cafeterías. De esa propuesta inicial fue surgiendo una línea donde cada modelo tiene un perfil estético definido.
La Essenza Mini apuesta al minimalismo compacto, la CitiZ recupera el diseño vintage, y la Creatista, con carrocería de acero inoxidable y pantalla de alta resolución, se acerca más a una máquina profesional de barista que a un electrodoméstico. La Pixie, que acaba de renovarse con nuevos colores –Dark Green, Dark Blue y Silver—, condensa esa filosofía en su versión más icónica: laterales de metal pulido, palanca de acero y un perfil minimalista que la convierte en pieza clave de cualquier coffee station. El resultado, en todos los casos, son piezas de acabado cuidado que se adaptan tanto a una cocina pequeña como a un escritorio. Funcionales y decorativas a la vez, como exige el nuevo estándar.
La coffee station como declaración de intenciones
Según un estudio de Nespresso, el 42% de los argentinos consume café regularmente, el 85% de esas tazas se toman en casa, y el 94% se disfrutan calientes. Si el hogar es el escenario principal del consumo, entonces la máquina y todo lo que la rodea tienen tanto peso en el ambiente como cualquier otro objeto de uso diario. La pandemia, que modificó tantos hábitos de consumo, aceleró ese proceso: sin la opción de caminar hasta la cafetería del barrio, muchos empezaron a dedicarle un rincón propio al café en su cocina o comedor. Ese hábito no desapareció cuando todo volvió a la normalidad. En su informe anual basado en el análisis de búsquedas de más de 480 millones de usuarios, Pinterest lo identificó como una de las tendencias de 2024 y le dio un nuevo nombre: cafecore, la experiencia de la cafetería trasladada al hogar, con máquinas, accesorios y objetos curados.
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La coffee station es mucho más que un rincón funcional. Es un espacio que habla de quien lo habita: la máquina que se elige, las tazas que se coleccionan, la forma en que se organizan los accesorios. Hay quienes apuestan por la austeridad minimalista –una sola máquina, dos tazas, nada más– y quienes construyen una composición elaborada con estantes, jarros de vidrio, espumadores y cápsulas ordenadas por intensidad. En todos los casos, el criterio es el mismo: que se vea tan bien como funciona.
Lo que la Gen Z quiere de su café
Para la Generación Z, TikTok e Instagram jugaron un papel central en definir qué se toma y cómo se presenta. Buscan bebidas tan dignas de la foto como del paladar, y la personalización es la clave: el 75% de los jóvenes bebedores opta por jarabes saborizados, y las tendencias virales –desde los lattes de matcha hasta los cafés helados con espuma de colores– priorizan tanto el atractivo visual como el sabor. En ese universo, las variedades de Nespresso tienen un lugar propio. El Arpeggio, con sus notas de cacao, funciona como base para preparaciones más elaboradas. El Volluto, más suave y frutal, dialoga con la tendencia de los cafés fríos y las recetas con leche. Y el Ristretto –el más intenso de los íconos de la marca– es la opción para quienes prefieren el café en su forma más concentrada, sin mediaciones.
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El fenómeno, además, tiene una dimensión social. Las cafeterías dejaron de ser un lugar de paso para convertirse en espacios de socialización, identidad y diseño. El caso más extremo de esa transformación es la coffee rave esa –versión festiva y diurna de la cultura del café, con DJ y café con leche vegetal en mano– donde la línea entre consumo y experiencia se disuelve por completo. Lo que pasa en esos espacios termina replicándose, en escala reducida, en los hogares de quienes los frecuentan.
Diseño, identidad y sustentabilidad
Hay un tercer eje que completa el panorama: la sustentabilidad como parte del lenguaje estético. Sólo un 35% de las empresas detrás de los productos que consumen se perciben como realmente sostenibles, y cada vez son más los jóvenes que eligen en función de ese criterio. El reciclaje de cápsulas y la trazabilidad del grano no son solo valores ambientales, sino que forman parte de una identidad de marca que esta generación hace propia.
Hoy Nespresso elige hablarle a un público que consume experiencias, no solo productos. Cuatro décadas después de su origen, lo que importa no es solo lo que hay en la taza: es todo lo que la rodea.

