Doble shot, con leche de almendras, extra hot y sin azúcar. Ese pedido, que hace diez años podría haber sonado a excentricidad, hoy se escucha todos los días en cualquier cafetería porteña. Antes, el café era un café: solo, cortado, quizá una lágrima. A lo sumo podía darse una discusión sobre el azúcar. Hoy, esta bebida es tan personal como quien la toma: entre orígenes, intensidades, formatos y tipos de leche, las combinaciones posibles son tantas que encontrar dos tazas iguales es casi la excepción.
El idioma del paladar
El consumidor de café de hoy sabe más que el de hace veinte años. Con la llegada de las cafeterías de especialidad, los libros sobre el café, los influencers del rubro y la posibilidad de preparar un café de calidad en casa gracias a las cápsulas, la forma de pedir cambió. Y detrás de cada pedido preciso hay un conocimiento concreto: el café tiene su propio lenguaje. Y, en líneas generales, podría decirse que todo perfil se construye alrededor de tres variables: intensidad, acidez y cuerpo.
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La intensidad no es sinónimo de amargor: describe la concentración del sabor, que puede ser potente y al mismo tiempo cremoso o redondo. La acidez –una palabra que asusta a muchos– remite en realidad a la vivacidad de la taza: esa chispa cítrica o frutal que tienen ciertos cafés de origen y que los distingue de los blends más suaves y equilibrados. El cuerpo, por su parte, es la textura: ese peso en boca que diferencia a un café ligero y floral de uno denso, persistente, que se queda.
Conocer estos tres ejes transforma la manera de elegir. Y eso explica por qué la conversación sobre café cambió tanto en las últimas décadas. Ya no se trata de tomar algo caliente a la mañana o de discutir si al café se le pone azúcar o no, sino de saber exactamente qué combinación de sabores, aromas y texturas se busca en cada taza.
La cocina como nuevo territorio del café
El 85% de las tazas de café que se consumen en la Argentina se toman en casa. Y la mañana concentra la mayor parte de ese consumo. No solo como fuente de energía sino como hábito, como una pequeña pausa elegida antes de que empiece el día. Una forma de arrancar la jornada laboral, de estudio o de entrenamiento con un momento que, por breve que sea, es propio. Un ritual casi sagrado.
Esta tendencia no es exclusivamente argentina. A nivel global, el 69% del consumo de café ocurre en el período matutino, según datos del estudio Coffee Usage Profiler que la consultora NielsenIQ elaboró para Nespresso. Pero en el contexto local esa tendencia tiene un peso particular: en un país donde el desayuno siempre fue una instancia hogareña e íntima, el café de la mañana se volvió el momento más personal del día.
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Y, si el desayuno es en el hogar, el mejor espacio para prepararlo es la cocina. Un lugar que tomó protagonismo con las coffee stations como espacio de culto, ese rincón armado con criterio tanto estético como gastronómico y donde se experimenta, se prueba y se define el gusto propio. Nespresso lleva cuatro décadas trabajando sobre esa premisa: que la experiencia de un café de especialidad puede suceder en casa con la misma calidad que en una barra, pero con la libertad y la diversidad de elegir exactamente lo que se quiere tomar, cápsula por cápsula, perfil por perfil.
Una generación que decide sobre sus gustos
Entre los consumidores más jóvenes, la personalización no es una tendencia: es una condición de base. El 72% de la Generación Z prueba bebidas nuevas cada mes, y el 75% personaliza sus pedidos de manera habitual. No busca el café perfecto en términos absolutos. Busca el café perfecto para sí mismo, en ese momento, con esa combinación de ingredientes.
Ese cambio de perspectiva –del producto al consumidor– reconfiguró la industria. El diseño de las máquinas, la diversidad del catálogo, la oferta de leches vegetales, los formatos de preparación. Todo se reorganizó alrededor de la misma premisa. No hay un café correcto: hay una persona con gustos propios.
El catálogo de Nespresso es un buen ejemplo de esa lógica llevada a la práctica. Incluye gamas para cada perfil, desde espressos clásicos e intensos hasta lungos más suaves y aromáticos. También líneas de origen único como Master Origins, que permiten rastrear el sabor hasta su tierra de producción. Indonesia, India, Etiopía, Colombia: cada origen tiene sus propios métodos de procesamiento, que hacen a cada uno distinto al resto. Para quienes toman café con leche, la línea Barista Creations está pensada específicamente para ese maridaje, con perfiles que funcionan tanto con lácteos tradicionales como con las alternativas vegetales que, cada vez más, también tienen su lugar en la mesa del desayuno.
Y el café frío es otro capítulo de esa misma historia. El cold brew, el iced latte y sus variantes dejaron de ser una moda de verano para convertirse en una categoría con identidad propia: una elección que ya no depende del clima sino del gusto, y que sumó nuevas formas de personalizar la taza más allá de la temperatura.
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Cuarenta años de un catálogo en expansión
Los favoritos de los argentinos ilustran bien la diversidad del catálogo Nespresso. Buenos Aires Lungo tiene un balance de notas dulces y a cereales, con ese toque inconfundible a pochoclo que lo volvió el compañero natural del desayuno porteño. Vienna Lungo combina arábicas sudamericanas en una mezcla suave y redonda, ideal para quienes prefieren una taza sin aristas. Volluto, un clásico de la marca, tiene notas de galleta y un toque de fruta fresca que lo hacen accesible y versátil. Arpeggio es la opción para quienes quieren intensidad: cremoso y con presencia clara de cacao, no decepciona a los que necesitan que la primera taza sea contundente. Stockholm Lungo suma otra variante para los amantes de los perfiles suaves. Y Ristretto existe para quien quiere la máxima concentración en el mínimo volumen, con ese perfil poderoso y levemente frutal que lo distingue.
Seis cafés Nespresso, seis maneras de arrancar el día. Porque no hay una taza correcta: hay una taza para cada perfil, para cada momento y para cada persona.

