¿Sos de comprar agua mineral? Si visitás la Argentina, es muy probable que en algún momento te encuentres con una botella de agua cuya etiqueta ilustra un antiguo hotel de techos rojos, rodeado de verde y montañas. Para los argentinos, esa postal acompaña las mesas desde hace décadas pero, para los turistas, suele pasar como un simple dibujo pintoresco. ¿El dato? Ese lugar existe en la vida real.
En la precordillera mendocina se encuentra la Reserva Natural Villavicencio. Visitarla implica conocer tanto el origen del agua que muchos toman todos los días como sumergirse en un área protegida inmensa. Estamos hablando de un spot en donde podés viajar en el tiempo recorriendo los alrededores de un hotel de los años 40, colgarte de los árboles en un parque de aventuras y hacer un viaje inolvidable rodeado de animales y vegetación autóctona. A continuación, te contamos con qué te vas a encontrar exactamente al visitar esta reserva.
Un oasis de 72.000 hectáreas: La Reserva y su biodiversidad
Esta reserva natural, que abarca unas 72.000 hectáreas, se encuentra a unos 50 kilómetros de la Ciudad de Mendoza. En este ecosistema protegido, que tiene un fuerte foco en la educación y el desarrollo sustentable, conviven 327 especies de flora y 250 de fauna. De hecho, la reserva es un santuario de cóndores, lo que la convierte en un punto excelente para hacer avistaje de estas y otras aves de la región. Si prestás atención mientras caminás, es muy probable que incluso te cruces con más animales autóctonos como zorros, liebres mara y suris (ñandúes andinos). Todo este entorno natural es el que garantiza la pureza de los manantiales locales, declarados de importancia internacional por la Convención Ramsar, el tratado que protege los humedales más valiosos del planeta.
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El corazón del predio es el Gran Hotel Villavicencio. Construido en 1940 y declarado Monumento Histórico Nacional en 2013, este edificio ya no funciona para hospedarse. Sin embargo, pasear por sus terrazas y perderse en sus jardines es un hermoso viaje en el tiempo. Por esta zona se encuentra el Parador Villavicencio, ideal para tomar un café, probar su carne a la olla en pan de jarilla o resolver un almuerzo al paso con milanesas o pastas.
Villavicencio Park: El lado más extremo de la Reserva
En la Reserva también funciona Villavicencio Park, un parque de aventuras pensado tanto para niños como para adultos con ganas de adrenalina. Hay alternativas para distintos niveles: quienes buscan altura pueden probar el circuito de arborismo, que propone 15 actividades con puentes colgantes y troncos suspendidos entre las copas de los árboles. También hay un circuito de tirolesas para cruzar por arriba de los históricos jardines del predio. Un must para los más valientes es el Zipline Extreme, un descenso en “modo Superman” a lo largo de casi un kilómetro y medio de cable que simula el vuelo de los cóndores de la zona.
Los más chicos tampoco se quedan afuera, ya que a partir de los tres años tienen su propio espacio seguro en el Mini Park, con juegos a su medida. Por otro lado, podés contratar expediciones de overlanding –estilo de viaje centrado en la exploración y el trayecto, con destinos remotos o poco explorados–, que en camionetas 4x4 permiten recorrer valles, quebradas y tramos de los viejos caracoles del camino a Chile a los que no se puede acceder caminando. Finalmente, para quienes buscan conectar desde otro lado, hay trekking guiado para caminar y profundizar sobre la historia y la conservación del lugar. Detalle no menor: el parque cuenta con su propio parador gastronómico.
El mítico Camino de los Caracoles
A la salida del área hotelera, la Reserva es atravesada por la Ruta Provincial 52, la antigua traza que une Valparaíso con Buenos Aires. Si decidís seguir ascendiendo hacia Uspallata, vas a encarar los famosos “Caracoles de Villavicencio”.
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Manejar por este camino sinuoso de ripio requiere ir despacio, no solo por precaución, sino para ir viendo cómo cambia el paisaje a medida que se gana altura. A lo largo del trayecto hay miradores para detenerse un rato a contemplar las postales naturales que regala el camino. Además, esta es la zona donde la fauna circula de manera más libre, por lo que no te sorprendas si te cruzas con manadas de guanacos. Sin embargo, hay que mirarlos de lejos, y no molestarlos ni darles comida.
Bonus Track: Minas de Paramillos y el Valle de Uspallata
Siguiendo la Ruta 52, a unos 32 kilómetros desde el Hotel Villavicencio y a más de 3.000 metros de altura, vas a encontrarte con las Minas de Paramillos. Estas ruinas de piedra, descubiertas por los jesuitas en el siglo XVII, funcionaban antiguamente como yacimientos de plata y plomo. Hoy en día, sus impresionantes 10.000 galerías subterráneas están abiertas al público. Se pueden hacer circuitos de trekking minero guiado por el interior de los túneles y, si buscás un poco más de emoción, descensos en rápel y tirolesas.
Después de pasar Paramillos, la Ruta 52 empieza a bajar hacia el Valle de Uspallata. La aridez extrema va quedando atrás y las montañas empiezan a mostrar tonos ocres, rojos y verdes minerales. Llegar a este destino significa cruzarse con un paisaje lleno de álamos que enmarcan el camino. Al llegar a Uspallata, el plan ideal es probar la gastronomía local y dejarte llevar por la tranquilidad que solo este pueblo de montaña te puede brindar.

