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Estancia Uspallata | A más de 2.000 metros de altura sobre el nivel del mar, Estancia Uspallata ostenta el viñedo más alto de Mendoza.
Estancia Uspallata

Otra forma de hacer vino: guía de las bodegas más radicales de Mendoza

De viñedos a orillas del dique a proyectos urbanos y vinos criados bajo el agua. Una selección para salir de lo clásico.

Federico Juarros
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En Mendoza, el vino siempre estuvo asociado a ciertas reglas: viñedos ordenados, procesos controlados y una estética que se repite. Pero algo empezó a cambiar. En los últimos años, una nueva generación de proyectos —y también algunos ya existentes que evolucionaron desde adentro— decidió cuestionar esas certezas y llevar el vino hacia territorios inesperados.

Esta guía reúne bodegas diferentes en Mendoza, que no solo hacen vinos fuera de serie sino que desafían los límites mismos de la vitivinicultura: altura extrema, crianza bajo el agua, viñedos salvajes, microproducciones, cavas naturales y experiencias urbanas. Más que una lista, es un mapa de nuevas formas de entender el vino, en el que la innovación no siempre pasa por la tecnología, sino por animarse a hacer las cosas de otra manera.

1. Estancia Uspallata: llevar la vid al límite físico de la montaña

A más de 2.000 metros de altura sobre el nivel del mar, en plena Quebrada del Telégrafo, Estancia Uspallata no solo ostenta el viñedo más alto de Mendoza: redefine directamente qué significa hacer vino en la región. Nacido como una apuesta casi improbable, el proyecto encontró en la altura extrema una forma de producir vinos que no buscan potencia, sino tensión, frescura y una expresión cruda del lugar.

Acá todo es límite: heladas, viento, suelos pobres y un entorno que obliga a decisiones precisas. Por eso se trabaja con microvinificaciones y mínima intervención, adaptando cada técnica a parcelas específicas para interpretar el terroir con mayor fidelidad. El resultado son vinos más filosos, con perfiles aromáticos y salinos que se alejan del estilo clásico mendocino, pero que capturan con claridad el carácter de la montaña.

El dato: durante años, plantar vid a esa altura era considerado inviable. Estancia Uspallata no solo lo logró, sino que abrió el camino a una nueva categoría: los vinos de altura extrema en la Argentina.

Dónde: Estación Uspallata s/n, Uspallata, Mendoza.

2. Moor Barrios Bodega Bonsái: hacer vino como si cada botella fuera única

En un universo dominado por grandes estructuras, Moor Barrio propone lo opuesto: una “bodega bonsái” donde todo sucede en escala mínima, casi íntima. Fundado por los enólogos Cristian Moor y Teresita Barrio, el proyecto nace en un garaje y se sostiene sobre una idea clara: producir muy poco pero con un nivel de control y sensibilidad que sería imposible en una bodega tradicional. El resultado no es solo exclusividad sino una forma distinta de entender el vino.

Acá no hay volumen ni automatización: apenas alrededor de mil botellas por año, intervenidas en cada etapa por sus propios creadores, desde la selección del viñedo hasta el etiquetado final. Esa escala extrema permite trabajar con precisión quirúrgica sobre distintos terroirs del Valle de Uco y lograr vinos de autor con identidad marcada, reconocidos incluso en concursos internacionales frente a etiquetas de mayor escala.

El dato: el concepto de “bodega bonsái” no existía en la industria hasta que ellos lo crearon –y lo registraron como marca– para definir una filosofía en la que la calidad no se mide en volumen, sino en obsesión por el detalle.

Dónde: Terrada 2702 Mayor Drummond, Luján de Cuyo, Mendoza.

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3. Stella Crinita: soltar el control para dejar hablar a la naturaleza

Más que una bodega, Stella Crinita es la consecuencia de una búsqueda. Impulsado por Joanna Foster y Ernesto Catena, el proyecto nace tras años de trabajo bajo estándares orgánicos y biodinámicos en Vista Flores (Tunuyán), hasta tomar una decisión radical: abandonar incluso esas estructuras para avanzar hacia una vinificación completamente libre. Así aparece el concepto de “honest wine”, en el que el vino no se corrige ni se dirige, sino que se acompaña.

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En este ecosistema vivo, donde conviven animales, plantas y microorganismos en equilibrio, cada microvinificación es única e irrepetible. No hay recetas ni intervenciones correctivas: levaduras nativas, mínima manipulación y una confianza total en el entorno definen vinos que no buscan perfección técnica sino expresión. Más que etiquetas, son piezas sensibles que reflejan un lugar, un momento y una filosofía que entiende al vino como parte de algo mucho más amplio.

El dato: antes de crear Stella Crinita, el viñedo ya llevaba años certificado como orgánico y biodinámico. El verdadero quiebre no fue técnico, sino conceptual: decidir dejar de “hacer” vino para empezar a dejar que el vino suceda.

Dónde: RP92 s/n, Vista Flores, Tunuyán, Mendoza.

4. Bodega Staphyle: cuando el viñedo nace a orillas de un lago

En una provincia donde el viñedo siempre se pensó en clave de desierto, Bodega Staphyle rompe la lógica con un proyecto que parece improbable: cultivar uvas a orillas del dique Potrerillos. La bodega se convirtió en pionera –y, por ahora, en la única– en producir vinos junto a un espejo de agua que modifica por completo las condiciones tradicionales de la vitivinicultura en Mendoza.

Dragón de Vino es la etiqueta específica de este terroir, elaborado 100% con uvas Malbec e inspirado en el recorrido hacia Potrerillos. La cercanía al lago genera un microclima particular, con mayor regulación térmica y condiciones que favorecen una maduración más equilibrada, lo que mantiene la frescura y la acidez de la uva. Sumada a la altura (entre 1.400 y 2.000 metros sobre el nivel del mar) y a suelos aluviales de baja fertilidad, da como resultado vinos con tensión, precisión y un perfil distinto al de las zonas clásicas.

El dato: estos viñedos están implantados dentro del predio del Gran Hotel Potrerillos, un edificio inaugurado en 1942 y declarado patrimonio provincial. Hoy se puede vivir la experiencia completa: alojarse allí y recorrer los viñedos junto al lago.

Dónde: Potrerillos, Luján de Cuyo, Mendoza.

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5. Casa Tano: cuando el vino vuelve al barrio

Lejos de los caminos de viñedos y las visitas programadas, Casa Tano propone otra escena: hacer vino en plena ciudad, dentro de una casa con mucha historia de la localidad de Godoy Cruz, en el Gran Mendoza. Lo que comenzó como un experimento entre amigos hoy es una bodega urbana que rompe con la lógica tradicional, al acercar la producción al ritmo del barrio y transformar el vino en una experiencia mucho más cercana, casi doméstica.

Pero no se trata solo de ubicación. Acá el vino se vive desde adentro: quienes visitan pueden participar del proceso, crear su propia etiqueta y entender cada etapa de la vinificación en un entorno relajado, donde conviven arte, música y gastronomía. Con producciones pequeñas, levaduras indígenas y mínima intervención, el proyecto apuesta por vinos frescos, expresivos y accesibles, pensados más para compartir relajadamente que para solemnizar.

El dato: todo sucede dentro de una antigua casa de inmigrantes italianos –con parrales incluidos– donde todavía se conserva maquinaria histórica y el espíritu original del lugar, resignificado hoy como un punto de encuentro entre vino, cultura y vida cotidiana.

Dónde: Perito Moreno 1221, Godoy Cruz, Mendoza.

6. Bodega Foster Lorca: cuando el vino deja la bodega y se hunde en el paisaje

En lugar de perfeccionar lo que ya existe, Foster Lorca decidió cambiar directamente el escenario: sacar el vino de la cava y llevarlo al fondo del dique Potrerillos. Así nació uno de los proyectos más experimentales de Mendoza, donde las botellas no envejecen entre paredes de piedra, sino a más de 15 metros bajo el agua, sometidas a presión, oscuridad y temperatura constante.

Lo que empezó como una idea casi casual en una salida de buceo terminó convirtiéndose en una línea de investigación enológica. La crianza subacuática acelera la evolución del vino y modifica su perfil: mantiene la frescura, pero desarrolla mayor redondez, integración y complejidad aromática. Más que un truco, es una forma distinta de entender el tiempo en el vino, ya que meses bajo el agua pueden equivaler a años en bodega.

El dato: si tenés la oportunidad de conocer esta bodega, vas a descubrir su fachada intervenida con un mural llamado “Voces de la Tierra”, una imponente obra inspirada en las capas de la tierra y el paisaje natural del entorno.

Dónde: Brandsen 1039, Luján de Cuyo, Mendoza.

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7. Celalla Wines: volver a la tierra para redefinir la guarda

Inspirado en el concepto latino cellarium —las antiguas cavas subterráneas donde los romanos conservaban el vino— Celalla Wines propone una vuelta radical a ese origen: enterrar sus botellas bajo tierra como método de guarda natural. Lejos de la tecnología y las cavas modernas, el proyecto recupera una lógica ancestral en la que el vino descansa en contacto directo con el suelo, protegido por condiciones estables de temperatura, humedad y oscuridad.

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Esta “cava natural” no es solo una decisión estética o simbólica. Enterrados a aproximadamente un metro de profundidad en fincas de Luján de Cuyo, los vinos evolucionan en un entorno que reduce las variaciones externas y favorece una maduración más lenta y equilibrada. El proyecto combina así tradición familiar con una mirada experimental que busca reconectar el vino con su forma más esencial de guarda.

El dato: cada año llevan adelante una ceremonia llamada “In terra”, en la que desentierran las botellas de la cosecha anterior y vuelven a enterrar las nuevas. De esa manera, la guarda del vino se transforma en un ritual que mezcla tradición, celebración y territorio.

Dónde: Bodega Hacienda del Plata, San Martín 4871, Chacras de Coria, Mendoza.

8. Hualta Winery Hotel: dormir dentro del proceso del vino

En pleno kilómetro cero de la Ciudad de Mendoza, Hualta Winery Hotel rompe con una de las ideas más arraigadas del vino: que solo puede suceder en el campo. Este proyecto —el primero en América en integrar una bodega operativa dentro de un hotel urbano— no traslada simplemente el vino a la ciudad, sino que convierte toda la arquitectura en una experiencia inmersiva donde el huésped habita literalmente el proceso de vinificación.

La bodega de Huentala Wines funciona en los subsuelos del edificio, mientras que el resto del hotel replica las etapas del vino, desde la fermentación hasta el descanso en barrica y el descorche final en su rooftop. Más que un lugar para alojarse, es un recorrido sensorial donde el lujo, el diseño y la enología se entrelazan para redefinir cómo se experimenta el vino lejos del viñedo.

El dato: por primera vez desde la fundación de Mendoza, se elabora vino en pleno centro de la ciudad, un hito que transforma al hotel en escenario real de producción vitivinícola.

Dónde: Primitivo de la Reta 1015, Ciudad de Mendoza.

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9. Guardianes de la Naturaleza - El Mirlo: dejar que la vid vuelva a ser libre

Frente a una industria que suele sucumbir al dictado de las modas y la repetición, Guardianes de la Naturaleza propone lo contrario: mirar hacia atrás para recuperar lo que estuvo a punto de perderse. Impulsado por Victoria Brond, el proyecto trabaja sobre viñedos antiguos y cepas olvidadas, poniendo el foco en ecosistemas vivos y en productores que han sostenido esas tierras durante generaciones. La premisa es clara: no reemplazar, sino rescatar.

Dentro de esa lógica aparece El Mirlo, un Malbec que rompe incluso con la idea misma de conducción del viñedo. Las uvas provienen de plantas que crecen de manera libre, sin condicionamientos físicos ni químicos, en una finca biodinámica de Perdriel. Este crecimiento “salvaje” no es descuido, sino decisión: permitir que la vid se exprese sin intervención para obtener un vino más honesto, menos corregido y profundamente ligado a su entorno.

El dato: en lugar de implantar nuevos viñedos, Guardianes busca deliberadamente aquellos que quedaron fuera del sistema —viñas antiguas, olvidadas o descartadas— y los convierte en el corazón de sus vinos. En pocas palabras, obtiene su mayor valor de aquello que la industria dejó atrás.

Dónde: El proyecto no cuenta con local con atención al cliente, pero sus vinos pueden comprarse comunicándose por WhatsApp al +54 261 242 8537.

10. Vinos Pielihueso: cuando el vino también se inventa desde la etiqueta

En un mapa del vino de categorías rígidas, Pielihueso decide directamente crear las suyas. Con una producción mínima y profundamente artesanal, el proyecto trabaja desde la microvinificación como espacio de experimentación constante, lo que da lugar a vinos que no buscan encajar, sino abrir nuevas preguntas. Acá cada partida es distinta, cada botella es una exploración.

Esa búsqueda se vuelve aún más evidente en su apuesta por los vinos naranjos, que no solo elaboran sino cuyo reconocimiento formal en la Argentina también impulsan. Pero Pielihueso no se queda en lo técnico: sus etiquetas, disruptivas y cargadas de identidad, funcionan como una extensión del vino y construyen un universo propio donde lo visual, lo conceptual y lo sensorial conviven. El resultado son productos que rompen con lo esperado —tanto en contenido como en forma— y que posicionan al vino más cerca del arte que de la tradición.

El dato: Pielihueso fue uno de los primeros proyectos en la Argentina en registrar y comunicar el vino naranjo como categoría. De ese modo, llevó una práctica ancestral a un nuevo territorio donde identidad, estética y experimentación van de la mano.

Dónde: Corredor Productivo s/n, Los Sauces, Mendoza.

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