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Valeria Massimino
Valeria Massimino

Recorrido guiado: descubrí Puerto Madero sin tener que gastar

Un trayecto a pie por el barrio más fotogénico de Buenos Aires, con paradas que no cuestan dinero y detalles ocultos.

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Me gusta salir a caminar. Más todavía, salir en bicicleta. En realidad, lo importante es salir: soltar por un rato las pantallas, moverse, mirar alrededor. Redescubrir la ciudad. Perderse en calles que creía conocer y volver a mirarlas con otros ojos.

Esta vez fui a Puerto Madero. Basta cruzar unas cuadras desde el centro para que algo cambie: el ruido del tráfico se apaga, el aire se abre y el agua de los diques empieza a marcar otro ritmo.

A veces da la sensación de entrar en una pequeña burbuja dentro de Buenos Aires. Siempre me hace pensar en Kevin Johansen, cuando juega con el nombre del barrio: “Puerto Madero, Madero Puerto…”. En uno de sus versos dice que todos los que no son de acá quieren venir, y muchos de los que viven acá quieren escaparse. Algo de eso todavía flota en el aire.

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Puerto Madero tiene algo de postal internacional, sí, pero también es un enorme espacio público que se puede disfrutar sin gastar nada. Hay un detalle que siempre me gusta: sus calles llevan nombres de mujeres. No es casual: fue una decisión para corregir una ausencia bastante evidente en el mapa urbano. Acá, al menos, la historia también se escribe en femenino.

Salí a recorrerlo con cámara en mano y sin plan. Empecé cerca del Luna Park y bajé hacia el río. En pocos minutos ya estaba en otra escena: más prolija, más ordenada, como si la ciudad respirara distinto junto al agua.

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Valeria Massimino

Guía para descubrir Puerto Madero sin gastar

Entré al Hilton Buenos Aires casi sin pensarlo. El contraste fue inmediato: un lobby enorme y luminoso, valijas rodando, gente que llegaba y se iba sin detenerse demasiado.

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Inaugurado en 2000, el hotel también funciona como un espacio expositivo. En medio de ese movimiento constante, las obras aparecen en las instalaciones casi sin anunciarse. Esa vez eran pinturas que lograban algo raro: frenar el tiempo. Varias personas, casi sin hablar, se quedaban mirándolas.

Las muestras cambian, pero la escena se repite. No hace falta estar alojado: cualquiera puede entrar y recorrer. Es un pequeño desvío dentro del paseo, un lugar inesperado para frenar un rato, mirar… y después seguir.

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Hilton Buenos Aires

Continué caminando hasta el Museo de Arte Amalia Lacroze de Fortabat, a pocas cuadras, sobre Olga Cossettini 141.

Adentro conviven nombres internacionales como Andy Warhol, Salvador Dalí y J. M. William Turner con referentes del arte argentino como Antonio Berni, Benito Quinquela Martín y Xul Solar. La colección, con más de 150 obras, se despliega entre el primer y el segundo subsuelo, con un nuevo guion curatorial enfocado en arte argentino.

Un dato clave para quienes quieren recorrer sin gastar: los jueves el ingreso es gratuito para docentes, jubilados y estudiantes; también para menores de 12 años y personas con discapacidad. Abre de jueves a domingo, de 12 a 20.

En algún momento aparece la duda inevitable: ¿la selfie es parte de la experiencia o la arruina un poco? Esa vez la dejé para el final, pero afuera. Porque hoy parece que si no hay foto no pasó. Pero quedarse unos minutos frente a una obra, sin pantalla de por medio, sigue siendo la mejor parte.

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Pablo JantusColección permanente del Museo de Arte Amalia Lacroze de Fortabat.

El sol empezó a caer y todo se volvió más nítido. A lo lejos aparecieron los viejos silos y, por un momento, sentí que estaba dentro de una película, con un aire apenas apocalíptico.

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Son estructuras de hormigón con más de un siglo encima, restos de otro Puerto Madero: cuando esta zona era puro granos y movimiento portuario. Algunos silos fueron reciclados; otros quedaron así, expuestos. Hoy funcionan como un lienzo urbano. En este momento los interviene Barbara Kruger: palabras pintadas a gran escala que cubren la superficie y cambian por completo la percepción del lugar.

Unos metros más adelante, la estatua de Ana Frank, en la Plazoleta Reina de Holanda, justo frente a los silos. Otra pausa. Otro tipo de silencio.

Todo está en el dique III, cerca del Puente de la Mujer. El recorrido, a esta altura, se arma solo.

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Diseñado por el arquitecto español Santiago Calatrava, el Puente de la Mujer evoca una pareja bailando tango. De día o de noche, es un punto fotogénico ineludible, pero también una forma de cruzar y seguir.

Del otro lado el recorrido continuaba: la zona gastronómica no deja de crecer, pero el paseo sigue siendo para todos. Vi turistas y locales, gente de paso y otros que se quedaban con sus termos. Incluso alguna guitarra.

A veces alcanza con eso: detenerse, mirar. Como cuando viajamos y todo nos sorprende. Aprender, también, a mirar lo propio.

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Me llamó la atención la Fragata ARA Presidente Sarmiento. La entrada no es gratuita, pero es casi simbólica. Los fines de semana se llena: familias, turistas, gente que pasea sin rumbo. Hay algo en ese barco detenido en medio del dique que hace que una también frene, como si la nave todavía estuviera a punto de zarpar.

Botado en 1897, fue el primer buque escuela moderno de la Armada Argentina: completó 37 viajes de instrucción alrededor del mundo. Hoy es Monumento Histórico Nacional y funciona como museo en el dique III. Se puede recorrer casi todo: las cubiertas de madera, los camarotes, la sala de máquinas, el puente de mando. Detalles que cuentan otra época, otra forma de viajar.

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Puerto Madero está siempre en evolución. Nuevas arquitecturas aparecen todo el tiempo y, por momentos, el paisaje recuerda al skyline de las grandes metrópolis. Pensé en Nueva York, incluso en otras metrópolis. Me reí.

Turistas me pidieron que los fotografiara. Me encantó ese momento: cuando alguien te da su cámara o su celular y confía en tu mirada por unos segundos.

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Seguí hacia el dique I, una zona más nueva. Donde antes había terreno vacío empiezan a tomar forma nuevos espacios: paseos, rincones todavía en construcción que ya invitan a quedarse. Palmeras, caminos prolijos. Es el área de Madero Harbour. Me detuve en un local de flores. O, más bien, él me detuvo a mí. Son esos puestos que parecen estar ahí solo para que frenes, aunque sea a mirar. Me quedé un rato. Charlé. Descubrí.

De pronto, otra plaza, mucho verde, juegos para chicos. Me senté. Y me pregunté: ¿por qué no tomar un mate acá?

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Madero Harbour

En un momento, aparecieron escaleras. Me dieron ganas de subirlas corriendo, como si alguien hubiera estado filmándome para una remake de mi película favorita.

Era el Parque Micaela Bastidas, y se distinguía enseguida: rompe con la llanura de Puerto Madero. Está organizado en dos niveles que cambian la perspectiva. Arriba, a la altura de la calle, distintas plazas y un gran mirador. Bancos, tranquilidad total. Desde ahí se ven gran parte del barrio y sus rascacielos. Algunas personas entrenaban, muy concentradas, ajenas a todo. Acá todo parecía pasar en un mundo aparte.

Abajo, más cerca de la Costanera Sur, el espacio se volvió más verde. Todo se conecta con rampas y escaleras. El recorrido no es lineal: se arma a medida que uno avanza.

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Antes de entrar a la Reserva, me detuve frente a la Fuente de las Nereidas, la obra más famosa de Lola Mora. Representa el nacimiento de Venus emergiendo de una valva de mar, y es casi imposible no quedarse a mirar cada figura, cada gesto, cada relieve.

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Después, llegó la Reserva Ecológica Costanera Sur, ese pulmón verde en medio de la ciudad. Se recorre caminando o en bicicleta, y acá el tiempo pasa volando. Ciclistas que iban y venían, corredores, mates. Cada uno en su mundo, todos compartiendo el mismo espacio.

No es solo un parque: es un espacio natural protegido. El río a un lado, el verde alrededor y, de repente, un pájaro que no esperabas apareció en el camino.

Abre todos los días, excepto los lunes, de 8 a 19.

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Después de recorrer un poco la Reserva, noté que varias familias se desviaban hacia la Avenida de los Italianos. Me dejé llevar y apareció un pequeño tesoro: el Museo de la Imaginación y el Juego.

Es un lugar diseñado para chicos y chicas de hasta 12 años, con instalaciones que buscan activar la imaginación, la curiosidad y el juego.

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Adentro, la imagen era clara: chicos corriendo, salas organizadas por edades y, afuera, un patio enorme con juegos y padres en el pasto. Una energía que no se puede fingir.

Los miércoles el ingreso es gratuito. Queda en Avenida de los Italianos 851.

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Cuando ya estaba despidiéndome de Puerto Madero, vi algo a lo lejos: chicos que parecían volar. Me acerqué. Era un skatepark, en el dique II. Saltos, giros, caídas, risas. Otra escena inesperada en un recorrido que no deja de cambiar… Me quedé un rato tomando fotos, de esas que se hacen solas.

Está sobre el Paseo del Bajo, en Av. Alicia Moreau de Justo 1349. Un espacio que apareció casi de sorpresa, como muchas de las cosas que terminaron definiendo este paseo.

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No imaginé que iba a encontrarme con tantas cosas. Los fines de semana aparece otra capa: la Feria de Emprendedores de Costanera Sur, ya un clásico al aire libre. Ese día había poca gente, pero los que estaban miraban con entusiasmo las artesanías, los accesorios, los juguetes, las velas, los sahumerios. Sentían esos aromas que te envuelven sin que te des cuenta.

También había puestos de comida, y algo de música que se mezclaba con el ruido bajo de la ciudad, que acá llegaba más lejos. Todo pasó entre el verde y el río de fondo. Y no hizo falta mucho más.

La feria funciona sábados, domingos y feriados, de 10 a 20, frente a la Reserva.

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Mi bonus track, casi un easter egg: el Museo de la Inmigración. Está un poco más alejado, pero vale la pena. Incluso podés empezar desde acá y después ir bajando hacia la Reserva. Este recorrido no tiene un único sentido.

Llegué caminando desde la zona de la terminal de Buquebus y, casi sin buscarlo, apareció: el antiguo Hotel de Inmigrantes. Imponente, silencioso, cargado de historia. Desde 1911, miles de personas pasaron por acá al llegar al país. Me quedé pensando en eso: en quienes cruzaron todo sin saber exactamente qué iban a encontrar, pero igual avanzaron.

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La muestra permanente “Para todos los hombres del mundo” recorre desde las grandes olas migratorias europeas de fines del siglo XIX hasta las corrientes más recientes. El trayecto se organiza en tres momentos: el viaje, la llegada y lo que vino después. Los documentos, fotos, valijas y objetos cotidianos exhibidos todavía conservan algo de esas vidas en tránsito. A veces, entre tanto archivo, aparece algo que conecta de manera íntima. Algo se mueve por dentro.

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Hay un detalle que termina de cerrar todo: si tenés antepasados que llegaron en barco, podés buscar su registro y te lo imprimen en el momento. Yo pedí el mío. Ver ese nombre, esa fecha, ese barco… tiene algo difícil de poner en palabras.

La entrada es gratuita. Abre de miércoles a domingos, de 11 a 18, en Av. Antártida Argentina s/n, ingreso por Apostadero Naval.

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