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Bodega Pielihueso | Mendoza
Bodega Pielihueso

La otra ruta del vino: 10 bodegas de Mendoza que deberías conocer

10 bodegas en Mendoza poco conocidas, con vinos únicos y experiencias lejos de la ruta tradicional.

Federico Juarros
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Cuando pensamos en visitar bodegas en Mendoza, aparecen rápidamente los grandes nombres: arquitectura monumental, restaurantes premiados y experiencias diseñadas hasta el último detalle. Pero hay otra ruta del vino que sucede a una escala mucho más pequeña. Proyectos familiares, bodegas escondidas en barrios, fincas en las que se producen apenas unos miles de botellas y lugares en los que no sería extraño que quien te recibe, sirve el vino y cuenta su historia sea la misma persona que lo elaboró.

Y quizás ahí esté su mayor atractivo. Estas bodegas no intentan competir en tamaño: su diferencial está justamente en la cercanía. Algunas elaboran vinos de mínima intervención, otras funcionan dentro de antiguas casas familiares, combinan la visita con huertas, arte o gastronomía, o llevan la producción artesanal casi al extremo. Seleccionamos bodegas fuera del radar tradicional que todavía vuelan bajito desde lo turístico y que demuestran que, a veces, las experiencias más memorables del vino suceden en los lugares menos evidentes.

1. Carmelo Patti: una bodega donde el lujo es conocer a quien hace el vino

En Mayor Drummond, Luján de Cuyo, Bodega Carmelo Patti demuestra que una gran experiencia enoturística no necesita arquitectura monumental ni un restaurante de pasos. Carmelo Patti comenzó su proyecto de vinos de guarda en 1986 y lanzó su primera etiqueta propia en 1989: un Cabernet Sauvignon de apenas 8.000 botellas. Desde entonces mantuvo una filosofía bastante contracorriente: elaborar a pequeña escala, trabajar con uvas de Perdriel y darle al vino el tiempo necesario antes de salir al mercado.

La visita conserva ese espíritu artesanal. Se recorren los espacios donde trabaja la familia y se degustan algunos de sus tintos: Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Gran Assemblage, en una experiencia sencilla, sin demasiada puesta en escena. Y ahí está precisamente su encanto: Carmelo todavía participa de las visitas junto a su familia, algo que también siguen destacando viajeros recientes. Actualmente la degustación dura alrededor de una hora, es gratuita y requiere reserva previa.

El dato: Carmelo tiene una particular obsesión con el tiempo. Sus vinos pasan por roble francés y después permanecen años en botella antes de comercializarse, porque su filosofía es que lleguen al consumidor cuando considera que están listos para beberse.

Dónde: San Martín 2614, Luján de Cuyo, Mendoza.

2. Finca Bandini: vino, historia y el sonido del agua

En Finca Bandini, la experiencia empieza bastante antes de sentarse a degustar. El proyecto nació del regreso simbólico de Federico Bandini, un mendocino radicado desde pequeño en Houston que soñaba con tener una finca en su provincia. En 2017 adquirió 77 hectáreas en Las Compuertas, Luján de Cuyo, y allí encontró algo más que viñedos: restos de antiguas obras hidráulicas vinculadas con la historia del agua en Mendoza. En 2023 el proyecto completó una nueva etapa con la construcción de su propia bodega, diseñada por el estudio Bórmida–Yanzón.

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A unos 25 minutos de la Ciudad de Mendoza, la visita permite recorrer los viñedos y esos rincones históricos antes de pasar a las degustaciones en su House of Wines. Hay varias maneras de hacerlo: en carrito de golf, bicicleta o incluso a caballo. También se puede sumar un almuerzo de cocina mendocina entre viñedos o experiencias más lúdicas, como el Blending Game, una propuesta en la que cada visitante arma su propio corte y se lleva la botella. Todo sucede en una escala bastante más íntima que la de los grandes complejos enoturísticos.

El dato: entre los viñedos todavía sobreviven muros, canales y restos de enormes compuertas construidas en 1922 para administrar el agua proveniente del río Mendoza, los cuales fueron conservados y puestos en valor: una pequeña clase de historia mendocina escondida dentro de una bodega.

Dónde: Callejon Peralta, Las Compuertas, Mendoza.

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3. Familia Zaina: cuando el vino está en las cartas

En Villa Seca, Tunuyán, Bodega Familia Zaina recupera una historia familiar que lleva más de un siglo ligada al vino en el Valle de Uco. Después de vender su antigua bodega en los años 90, una nueva generación decidió volver a elaborar en 2013, esta vez a una escala deliberadamente pequeña. Un año después apareció Serie Tarot, una colección de vinos de partidas limitadas inspirada en los arcanos y que no necesariamente repite sus etiquetas de una vendimia a otra.

La visita mantiene esa misma escala. Desde 2017 la familia recibe viajeros en Espacio Los Enamorados, dentro de su finca, donde las degustaciones permiten conocer de cerca el proyecto y probar vinos que difícilmente funcionan como etiquetas masivas: las partidas de Serie Tarot pueden ir de apenas 300 a 3.000 botellas. Es una de esas experiencias en las que la historia detrás de lo que hay en la copa importa tanto como el vino y donde todavía es posible sentirse invitado a una casa familiar más que ingresando a un gran complejo enoturístico. La atención turística se realiza con reserva previa.

El dato: acá el Tarot no es solamente una buena etiqueta. Cada año se presentan entre una y tres nuevas cartas/vinos y muchas no vuelven a elaborarse en las cosechas siguientes, lo que convirtió a algunas botellas de la serie en pequeñas piezas de colección entre sus seguidores.

Dónde: Los Volcanes, Tunuyán, Mendoza.

4. Moor Barrio: la bodega más chica donde cada botella importa

En Mayor Drummond, lejos de los circuitos vitivinícolas más transitados, Moor Barrio funciona en apenas 15 metros cuadrados. El proyecto de los enólogos, y pareja, Teresita Barrio y Cristian Moor nació en lo que originalmente era un depósito en la casa de los padres de Teresita y terminó convertido en lo que ellos mismos denominan una “bodega bonsái”: una bodega en miniatura que reproduce los procesos de una grande, pero con una escala tan reducida que prácticamente todo puede seguirse de manera artesanal.

La filosofía es producir poco y controlar mucho. Sus tintos rondan apenas 1.000 a 1.200 botellas por año, las uvas provienen actualmente de Los Chacayes y hasta el equipamiento fue adaptado a esa escala, con barricas de 100 litros y pequeños tanques de acero. Cada botella de Initium, su única línea, sale numerada, vinculada a una caja seriada y firmada a mano por sus creadores. Incluso las etiquetas, realizadas por el artista mendocino Fernando Jereb, refuerzan esa sensación de estar frente a una pieza que difícilmente vuelva a repetirse igual.

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El dato: acá una sola barrica puede representar hasta el 25% de toda la producción anual. Y la obsesión por la calidad llega todavía más lejos: si una cosecha no alcanza el estándar que buscan, simplemente pueden decidir no elaborar vino ese año.

Dónde: Terrada 2702 Mayor Drummond, Luján de Cuyo, Mendoza.

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5. Casa Tano: hacer vino en medio del barrio

A solo ocho cuadras de la plaza principal de la ciudad de Godoy Cruz, Casa Tano cambia viñedos infinitos por una antigua casa familiar. El proyecto de Cristian Santos y el enólogo Lucas Richardi comenzó hace más de una década casi como un hobby, haciendo vino con los parrales de la familia y un tacho aceitunero azul. Con el tiempo se mudaron al caserón de los abuelos de Cristian, una típica casa de impronta italiana donde todavía utilizan la antigua prensa del nono y hoy elaboran alrededor de 15.000 botellas por año.

Visitarla permite meterse mucho más en el proceso que en una degustación convencional. Casa Tano propone experiencias en las que los visitantes pueden seleccionar racimos, participar del embotellado o crear su propio corte probando varietales a ciegas. A eso se suma La Capagnina, su pequeño bistró de cocina regional e italiana, y una agenda donde el vino se cruza con música, gastronomía y arte. Todo dentro de una bodega urbana donde las barricas, las ánforas y las pequeñas máquinas conviven con la historia de una casa de barrio.

El dato: empezaron haciendo apenas una barrica para compartir entre amigos. Hoy sus vinos llegan a restaurantes de Buenos Aires como Don Julio y Anchoíta, pero Casa Tano sigue elaborando en pequeñas partidas y manteniendo aquella antigua prensa familiar en funcionamiento.

Dónde: Perito Moreno 1221, Godoy Cruz, Mendoza.

6. Pielihueso: vinos sin maquillaje y una mesa entre viñedos

En Los Sauces, Tunuyán, Pielihueso representa esa cara menos solemne del Valle de Uco. El proyecto de Celina Bartolomé trabaja con agricultura orgánica y vinos de mínima intervención, buscando que la uva y el lugar se expresen con la menor cantidad posible de artificios. Esa filosofía también atraviesa la experiencia: más que una gran puesta en escena enoturística, la idea es acercarse al vino desde un proyecto pequeño, relajado y muy conectado con la finca.

Y desde 2026 hay un motivo extra para visitarla. Dentro de la finca funciona La Amistad, el restaurante que Pielihueso creó junto a Micaela Najmanovich y Nicolás Arcucci, fundadores de Anafe en Buenos Aires. La propuesta lleva esa misma informalidad a la mesa: platos pensados para compartir, cocina atravesada por el producto y la temporada, vistas abiertas a los viñedos y la cordillera y, por supuesto, los vinos de la casa. Para quien quiera probar varios, ofrecen flightsde tres copas y la experiencia puede complementarse con una visita a la bodega.

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El dato: cuando la bodega elaboró su primer naranjo en 2017, la categoría prácticamente no existía en Argentina y el INV no permitía utilizar “vino naranjo” como denominación. La solución fue registrar “Naranjo” como nombre legal del vino para poder llevar la palabra en la etiqueta. Casi sin buscarlo, la familia terminó quedándose con el registro de un término que pocos años después se convertiría en una categoría en pleno crecimiento.

Dónde: Los Sauces, Tunuyán, Mendoza.

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7. Caelum: una bodega donde el vino se encuentra con el pistacho

En pleno Agrelo, Luján de Cuyo, Bodega Caelum es un proyecto familiar nacido en 2009, después de más de una década dedicada al trabajo de finca y a producir uvas. La escala sigue siendo pequeña; la bodega declara una producción aproximada de 70.000 botellas anuales y todas las uvas utilizadas para sus vinos provienen de su propia finca. Su nombre también dice bastante sobre la filosofía del proyecto: Caelum es una pequeña constelación visible desde el hemisferio sur que representa un cincel, una metáfora del trabajo artesanal detrás de cada vino.

Pero hay algo que hace que la visita se salga del libreto: entre los viñedos también crecen pistachos. La experiencia permite recorrer la finca y la pequeña bodega para después probar vinos y espumantes junto con los pistachos producidos allí mismo. Visitantes recientes siguen destacando justamente el carácter relajado y personalizado de las degustaciones, que se realizan con reserva previa.

El dato: la familia también cuenta con el proyecto Pistachos de Altura, una producción de sus propios pistachos en sus más de 23 hectáreas de cultivos, los cuales se procesan artesanalmente y se tuestan cuidadosamente para conservar su sabor y textura.

Dónde: RN7, Agrelo, Luján de Cuyo, Mendoza.

8. L’Orange: una bodega escondida en Chacras donde el vino es arte

A pocos minutos de la plaza de Chacras de Coria, L’Orange propone entrar en el universo que Johana Foster y Ernesto Catena construyeron alrededor de una idea: Wine is Art. Es una pequeña bodega artesanal enfocada en vinos naturales y biodinámicos, elaborados con mínima intervención, uvas orgánicas y biodinámicas y experimentaciones que incluyen fermentaciones en ánforas. Lejos de la estética de las grandes bodegas de Luján de Cuyo, acá todo sucede en una escala mucho más íntima, entre árboles, huerta, arte y vino.

La visita también se sale del formato clásico de degustación. Se puede recorrer la huerta, cosechar vegetales de estación y entrar a la pequeña bodega para conocer de cerca cómo elaboran sus vinos, antes de pasar a la mesa. La experiencia gastronómica gira alrededor de Che Wine, un diminuto comedor con cocina de fuegos, hornos de barro y productos que dialogan con la filosofía del proyecto. Hay alternativas que terminan con vinos y picada y otras que suman un almuerzo más completo; las visitas se realizan con reserva previa.

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El dato: la biodinamia acá va bastante más allá de una palabra en la etiqueta. La huerta integra colmenas, vegetales y otros cultivos dentro del mismo ecosistema, mientras que en los viñedos vinculados al proyecto se trabaja con cobertura vegetal y prácticas regenerativas.

Dónde: Alem 5170, Chacras de Coria - Luján de Cuyo, Mendoza.

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9. La Cayetana: tomar vino dentro de un pedazo de la historia mendocina

En Cruz de Piedra, Maipú, Finca La Cayetana propone un viaje bastante diferente al de una bodega convencional. La experiencia transcurre alrededor de una casona histórica reconstruida en 1865, después del gran terremoto que destruyó buena parte de Mendoza cuatro años antes. Hoy, ese patrimonio convive con un proyecto vitivinícola de pequeña escala vinculado a Emilia Armando y Eduardo Soler, creadores de Ver Sacrum, con la mirada puesta en recuperar variedades, técnicas y formas de hacer vino que se alejan de los caminos más previsibles de la provincia.

La visita permite entrar en ese universo sin demasiadas barreras: recorrer la propiedad, conocer su historia y descubrir vinos elaborados con variedades como Pedro Ximénez, Criolla Blanca, Syrah, Merlot o Cabernet Franc, además de procesos que incluyen ánforas, racimo entero y crianza biológica. Arte, objetos, documentos familiares y gastronomía terminan de construir una experiencia donde la casa tiene casi tanto protagonismo como las botellas.

El dato: si las paredes hablaran, acá tendrían bastante para contar. Por La Cayetana pasaron figuras como Julio Argentino Roca y Eugenio Pacelli, quien años más tarde se convertiría en el papa Pío XII. Más de 150 años después, la antigua casona sigue en pie y hoy permite brindar literalmente dentro de un capítulo de la historia mendocina.

Dónde: Manuel Cruz Videla 2605, Maipú, Mendoza.

10. Michelini i Mufatto: tomar vino en la casa de quienes lo hacen

En la parte más alta de Gualtallary, Michelini i Mufatto tiene algo difícil de replicar: bodega, viñedo y hogar son prácticamente una misma cosa. Allí, en La Cautiva, a unos 1.600 metros de altura, viven y trabajan los enólogos Gerardo Michelini, Andrea Mufatto y su hijo Manuel Michelini. El proyecto familiar comenzó en 2015 y hoy trabaja un viñedo de apenas 5,5 hectáreas, dividido en pequeñas parcelas según sus suelos, buscando vinos que expresen con la menor interferencia posible este rincón extremo del Valle de Uco.

La mejor manera de entrar en ese universo es Trinchera Michelini i Mufatto, la experiencia gastronómica que funciona en la propia finca. Andrea se ocupa de la cocina y Gerardo de la sala y los vinos, en una propuesta mucho más cercana a ser recibido en casa que a visitar un restaurante de bodega convencional. Producto local, platos caseros y una cava que reúne miles de botellas acompañan los vinos de Michelini i Mufatto en el mismo paisaje donde nacen. La experiencia se realiza con reserva previa.

El dato: acá realmente se puede decir que duermen al lado de sus vinos. La Cautiva no es solamente la finca y bodega de Michelini i Mufatto: es también el lugar donde vive la familia. Y esa convivencia permanente con el viñedo quizás ayude a entender por qué trabajan cada parcela casi de manera obsesiva. Esa filosofía tuvo reconocimiento internacional: Tim Atkin eligió a Gerardo Michelini y Andrea Mufatto como Winemakers of the Year en su Argentina Special Report 2024.

Dónde: Gualtallary Silva, La Estancia s/n, Mendoza.

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